Economía, Reflexiones

La importancia de la innovación

En estos tiempos revueltos que corren, de nuevo se vuelve a llamar a la “señora innovación” como la posible solución a muchos de los males que ahora vivimos. Más allá del sistema financiero, la duración de la crisis, y sobre todo como afectará a los diferentes sectores, entre ellos el relacionado con la publicidad online, vuelve a salir el debate de si la innovación, en sus actuaciones en el pasado, como en el futuro será la que ayude a que esta tormenta pase lo antes posible —y mejor para todos—.

La innovación es la capacidad que tiene una entidad de no conformarse con los elementos que la rodean, y de forma proactiva sale, más allá de su entorno natural, a buscar nuevas posibilidades para enriquecer su propuesta y oferta.

Al hilo de lo que comenta Enrique Dans, pase lo que pase, la innovación continuará como motor de las nuevas ideas que deben traernos un nuevo crecimiento y sobre todo revulsivo a los sectores y actividad económica. Me considero un absoluto ferviente y seguidor de la innovación y todo lo que la rodea, porque creo que innovaciones que hoy en día forman parte de nuestra vida, han dado un giro por completo a cómo antes se afrontaban determinados escenarios.

Cuando pienso en innovación, me vienen a la cabeza algunos casos, muy conocidos por todos:

  • Producto: iPod, de Apple
  • Tecnología: Gmail, de Google
  • Distribución: Amazon
  • Experiencia: Nike+
  • Retail: Zara
  • Medio: Tivo

Estas innovaciones llegaron (nos encantaron) y se quedaron, y puede que fueran desarrolladas en tiempos revueltos o momentos de bonanza. Lo que está claro, es que por ellas se ha generado una corriente de consumo y fidelización, en otros casos ha generado un mayor y mejor posicionamiento de sus marcas, y en algunos han ayudado a empresas a salir de una situación “comprometida”, pero en cualquier caso son ejemplo de cómo las ganas de avanzar pueden superar a las de situaciones “poco favorables”.

Es conocida la historia de cómo los americanos rechaban todos los productos “made in japan” ya que eran sinónimos de baja calidad. En aquellos tiempos no era tan importante utilizar tecnologías punta o un diseño de producto muy cuidado, simplemente se fabricaba y ya está. Cuando Japón vió que su mercado en EE.UU. no demandaba sus productos, y sobre todo entraron en escena los fabricantes de Corea y Taiwan que lo hacían a un precio mucho más bajo, tuvieron que asumir dedicar tiempo y dinero en tareas de investigación y desarrollo. Es decir tuvieron que pasar a ser innovadores. No olvidemos que todo producto o servicio convive con otros muy similares, o incluso iguales, y que la única forma de salir de ese “campo común” es creando ventajas diferenciadoras con respecto a la competencia. Muchos lo comparan con la teoría de la evolución de Darwin, en la que la innovación es necesaria para la supervivencia.

La innovación está asociada a resultados “poco esperados”. Muchas ideas se quedan en el camino otras fracasan. Como decía Thomas Watson, fundador de IBM “Si quieres triunfar, dobla tu porcentaje de errores”. Los fallos y errores también forman parte de la innovación, y sino aparecen es que no se asumen los sufientes riesgos necesarios.

Un resultado negativo, también es un resultado.

En el ámbito que a muchos nos afecta, sin duda se abre un tiempo extremadamente interesante para plantearnos y desarrollar nuevas acciones, que hasta ahora no están ni siquiera puestas en un papel.

Cuando las marcas —todas— se dan cuenta de que el mercado es competencia pura, y que los consumidores estamos a un salto (o click) de irnos con el de al lado por el motivo más insignificante, toda estrategia es poca cuando se trata de captar y sobre retener a los clientes. Aunque si tenemos que decirlo bien, la palabra correcta es “fidelidarlos”, porque un consumidor ni es, ni se quiere ver, cautivo como lo pudo ser antes. Un consumidor es ante todo un donador de su confianza a una marca; en realidad se trata de una relación de pareja. Si una de las dos partes no es sincera, eso no puede durar mucho.

Integrar en todos sus procesos y departamentos el “gen” de la innovación, va ser positivo desde el primer día, ya que de entrada muchas compañías se dicen “innovadoras” y pocas las que realmente lo son. En segundo lugar, esa innovación dar lugar a un “think tank“, es decir a un grupo de personas de la propia compañía e incluso junto a otras externas (consultoras, agencias, etc.) que juntos tendrán el objetivo de diferenciar a la empresa del resto, por cada una de las acciones emprendidas.

“Los negocios tienen dos funciones básicas: el marketing y la innovación. El marketing y la inovación producen resultados, todo lo demás son costes.” (Peter Drucker)

Cuando hablamos de innovación, no se trata de mandar un astronauta al espacio con el logotipo de una compañía en el casco (o sí), sino de ponerse retos y superarlos; de no conformarse con la primera idea; de crear productos y servicios que tengan personalidad propia, que se distingan entre el montón de ofertas que reciben los consumidores, y sobre todo de generar ese factor sorpresa tanto en su target como en su competencia. Y sobre todo pensar que la innovación es una maratón, una carrera larga, en la que hay que dosificar las fuerzas, y que a veces se puede ir en cabeza y otras un poco rezagado, pero lo importante es que la compañía que corra en esa carrera, no debería de abandonar. Los resultados de la innovación no se miden en un sólo momento, sino que deben de atesorar las conclusiones de todas las situaciones planteadas: cómo fueron abordadas y sobre todo como se resolvieron.

Por muy ariesgado que sea innovar, el riesgo de no hacerlo es aún mayor.

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