Ponerse en un nivel mas personal: Nosotros somos esos mercados. Queremos charlar contigo.
Ponerse en un nivel mas personal: Nosotros somos esos mercados. Queremos charlar contigo.
Los mercados no quieren conversar con charlatanes y vendedores ambulantes. Quieren participar en las conversasiones tras la pared de protección corporativa (firewall).
Desafortunadamente, la parte de la empresa con la cual se quieren comunicar los mercados se esconde tras una cortina de humo, de un lenguaje que suena falso — y las más de las veces lo es.
Esta es una actitud suicida. Los mercados quieren conversar con las empresas.
Aunque en este momento es un poco subliminal, hay millones de personas en linea que perciben a las empresas como algo un poco más que curiosas ficciones legales tratando activamente de evitar que estas conversaciones se intersecten.
Si el coeficiente intelectual se midiera como la disposición de “abrir paso” o quitarse de enmedio, resultaría que muy pocas compañías se han vuelto sabias.
Las empresas inteligentes harán lo que sea necesario para lograr que lo inevitable suceda cuanto antes.
Estas dos conversaciones quieren encontrarse. Hablan el mismo idioma. Reconocen sus voces mutuamente.
Como política, estas ideas son venenosas. Como herramientas, están descompuestas. Las prácticas de “control de mando” chocan con la hostilidad de los “empleados de conocimiento” intraconectados y generan desconfianza en los mercados interconectados.
En general, ninguna de estas conversaciones va muy bien. Casi invariablemente, la causa del fracaso puede encontrarse en las ideas obsoletas de “control de mando”.
Existen dos conversaciones llevándose a cabo. Una dentro de la empresa. Otra con el mercado.
La paranoia mata la conversación. Esa es su meta. Pero la falta de una conversación abierta mata a las empresas.
Los estilos administrativos de “control de mando”, surgen de, y refuerzan la burocracia, las luchas de poder y una cultura general de paranoia.
Hoy en día, el organigrama está hiperenlazado, no jerarquizado. El respeto al conocimiento práctico resulta más importante que la autoridad abstracta.
Los organigramas funcionaron en la vieja economía en que los planes podían entenderse completamente desde el tope de las empinadas pirámides administrativas y se podían pasar detalladas órdenes de trabajo desde arriba.
En las frías primeras horas de una mañana de invierno de 1980, Apple Computer comenzó a cotizar en Bolsa. Al final de ese frenético día, 64 personas se habían convertido en millonarias. Yo era una de ellas. Si ese día hubiera guardado esas acciones en una caja fuerte, ahora valdrían 18 millones de dólares. Pero, en cambio, las «puse en funcionamiento». En un plazo de 24 meses, me quedaban menos de 300.000 dólares… Mi evidente intención a la hora de escribir este enormemente embarazoso tratado es, con suerte, evitar que otras personas sigan mis pasos.
—Bruce Tognazzini, antiguo empleado de Apple